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Ecologistas

Parece que la que ya se conoce en los mentideros cercanos al poder como la guerra de Margallo está utilizando como pretexto la salvaje agresión al ecosistema de la Bahía de Algeciras por parte de malvados llanitos que arrojan inmensos e incontables bloques de hormigón para impedirles la pesca a media docena de salerosos compatriotas. Bueno, vale, algo había que hacer para darle a La Razón o al ABC un motivo para plantar en sus portadas unas buenas pedazo banderas de España y así, aunque sea apenas por unos días, darles un respiro de Bárcenas a sus lectores, a los que tan mal cuerpo se les pone cada vez que tienen que ir a votar, como siempre, al PP.
Lo que sí que tiene gracia del pretexto ecologista es que lo emplee un ministro del gobierno que acaba de ejecutar al amanecer lo poco que quedaba de la zapatera Ley de Costas, legalizando para las próximas cuatro generaciones lo que aquella ilegalizó condenando a decenas de miles de construcciones al derribo liberador de arenas y paisajes. Y modificando, de paso y casi como sin querer, las condiciones para las nuevas edificaciones de forma que en cuanto la crisis que ya se acaba se dé oficialmente por muerta los escasos paisajes que aun puedan quedar libres sean alegremente tomados al asalto por los habituales espabilados que cenan a la luz de las velas con el concejal de urbanismo de turno, generalmente del PP.
Como en su momento popularizo otro distinguido miembro de la misma secta, casualmente embajador en Londres en el transcurso de la misma operacion… ¡manda carallo!

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El Gran Arquitecto aprieta…

El GAdU aprieta, pero no ahoga. Justo cuando la no por esperada menos desilusionante excarcelación de Blesa había hecho bajar el tono anímico de nuestra cada día más maltratada sociedad a niveles nunca antes vistos desde lo menos la batalla de Rocroy, justo entonces, el ingreso el el resort serrano de Soto de Manzanares de Bárcenas (el primer tesorero en la historia del PP que da con sus huesos en una cárcel, ahí queda el dato para la historia) parece devolvernos, siquiera momentáneamente, una cierta difusa esperanza de justicia.

El peligro claro está, reside en cómo encajaremos la muy probablemente también inmediata excarcelación del cabrón en la que seguro ya trabaja sin descanso nuestro elegante embajador en Londres, pues nadie en el partido duda de la urgencia de la situación. No vaya a ser que el agraviado aficionado al trekking todo incluido empiece a quejarse de su celda y recuerde de pronto a cambio de qué servicios le permitía su partido robar a manos llenas las cantidades asquerosamente obscenas de dinero que se le continúan descubriendo en bancos del mundo entero.  “¡Trillo -le ruegan- no desfallezcas!”

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