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Rencor

Viéndole la cara a Florentino Pérez no es difícil imaginarse lo que este hombre ha tenido que sufrir de niño, y lo dice alguien que pagó su facilidad para sacar buenas notas y unas increíbles dotes para todo tipo de deportes -excepto el balonmano- con unas ligeras orejitas “de soplillo” a las que se agarraron durante años (hasta que una foto de los Beatles con los pelos hasta los hombros, bien entrados los sesenta, acudió en mi salvación) los envidiosos que siempre abundan, y más aún en los colegios de curas.
Lo único peor que un rencoroso es un rencoroso podrido de pasta, aunque todo el mundo sepa de dónde, ¡y cómo!, la ha sacado. Floren es el ejemplo de libro: hubo tres jugadores -Özil, Casillas y Ramos- que contribuyeron en grado más a menos decisivo a la caída del su caprichito del alma, el amigo de Javier Marías, el portugués desatapasiones cuyo nombre me resisto a escribir para no ensuciar este virginal blog. Özil está en Londres, rodeado de mujeres de alto standing de mucha mayor calidad que la madrileñas y esperando a los cruces de la Champions, por lo de reír el último; Casillas, buscando equipo; y Ramos, en la puerta de salida. Así son los grandes hombres de un país cada día más asquerosamente insignificante.

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Torres

El sucedido que sigue a continuación podría ser inventado…

Hace ahora casi un año, con motivo de las semifinales de Champions en las que se enfrentan el Real Madrid y el Bayern de Munich -que bien podría repetirse dentro de quince días- se produce un encuentro en las oficinas de una de las principales empresas constructoras del mundo, situada muy cerca de la prolongación del Paseo de la Castellana. Los reunidos son cuatro personas:
por una parte Karl-Heinz Rummenigge y Franz Beckenabuer, dos de los mejores futbolistas alemanes de la historia, dotados por los dioses teutónicos de sobrehumana belleza y a la sazón directivos rutilantes del club alemán. Por otra, Florentino Pérez, lamentablemente olvidado a la hora de conceder beldad alguna por los dioses hispanos (en cristiano, más feo que Picio), pero dotado a cambio de un cerebro mil veces más valioso que las cuatro piernas juntas de sus acompañantes. Y por último, un traductor, imprescindible ante las obvias carencias idiomáticas de los presentes.
A lo largo de la visita a las instalaciones de la empresa el grupo pasa, como por casualidad, ante un inmenso ventanal desde el que se divisan, casi al alcance, de la mano cuatro altísimas torres. Por su diseño parecen sacadas de una película de ciencia ficción y su altura las convierte en las construcciones habitadas más impresionantes jamás construidas en la Europa Occidental.
Florentino espera a que su acompañante las descubran y cuando se detienen para contemplarlas en todo su esplendor, dice, coqueto, un poco tímido, pero a la vez incapaz de disimular su inmensa satisfacción:
– Son mías…
Luego, ante la evidente expresión de primero perplejidad, más tarde admiración y, por último, su poquitito de indisimulabe envidia de los alemanes hay una explicaciones un poco farragosas en las que el traductor explica unos hechos complicadísimos de entender y que la mayoría de los lectores conocen perfectamente, en donde se mezclan personajes tan conocidos como Gallardón y Esperanza Aguirre, José María Aznar y hasta Zinedine Zidane, este último en funciones de repartidor de autógrafos, y por los que, para resumir, un erial sin el más mínimo valor económico se convierte en la mayor operación inmobliaria jamás realizada en la historia de Europa.
Terminada la explicación, Rummenigge, al que le cuesta disimular la mecla de envidia y admiración que transmite su voz, pregunta por las ganancias que le habrá producido la actuación que les acaban de describir.
El patrón de Mourinho, modesto, reconoce que algo ganaron sus empresa constructoras, que eso no se puede negar, pero que la inmensa mayoría de los beneficios fueron para su amado Real Madrid. Y reitera que ha tenido en su vida ocupaciones muy diversas, casi todas muy exitosas, pero que nada le gustaría tanto como ser recordado por la gente, algún día, como el mejor presidente que tuvo el mejor equipo de fútbol del mundo. Parece terminar la frase satisfecho y de pronto, tras una mueca que parece de susto, apostilla:
– Después, claro está, de don Santiago Bernabeu.
Todos ríen.
Sigue la visita y un poco más tarde Karl-Heinz pregunta:
– Y… las torres… ¿cuándo se hicieron?
– Bueno… -responde Flo, haciéndose un poco como de rogar- digamos que la “operación” -el traductor se esfuerza en ponerle en alemán un acento a la palabra que equivalga a unas ortográficas comillas- se diseñó a finales de los años noventa.
Entonces, Becnkenbauer, el defensa central más elegante que jamás ha pisado un campo de fútbol, que ha estado callado hasta el momento, parece pensar unos instantes. Luego le dice algo al traductor. Éste mira al presidente, cuya cara parece a punto de explotar de rebosante satisfacción. Está tan ganado de sí mismo que ni siquiera advierte una leve sombra en el rostro del traductor. Luego éste le dice:
– Dice que es increíble… que cómo han ganado sólo tres Champions desde entonces…

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