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El botín

Lo ha dicho el banquero Botín, ese ser superior que parece tener por apellido toda una declaración de intenciones: a España le va como nunca y le entra el dinero “por todas partes”. Como a las actrices hiperdepiladas del vídeo porno, me imagino.
El país entero -los que hacen cola ante los comedores de caridad y también los que aún no- se tira de los pelos ante el estupor que tan obscena declaración les produce. No caen en la cuenta de que el patrón de Fernando Alonso habla de una España distinta, para ellos desconocida, muy diferente en todo caso a la que sufre los recortes de Rajoy y en la que sobreviven cerca de cincuenta millones de seres profundamente aterrorizados por el porvenir. En la suya, en la de Botín, habitan unos pocos miles de espabilados que supieron subirse al carro en el momento oportuno y están dispuestos a todo -y aterra pensar lo que quiere decir “todo”- con tal de no bajarse de él nunca mas.
Está claro que ese dinero que llega de todas partes lo hace en billetes de quinientos euros. ¿Qué le importa a quienes -como los españoles de a pie pueden asegurar- no han visto en su vida siquiera uno de cien?
En realidad la declaración del capo del Santander es, si se piensa bien, absolutamente fundada. Lo que sucede es que sólo resulta comprensible para aquellos que, cada día, se llevan el botín a casa.

Sucedió en Bankia…

Prometo por mi honra (los parias también tenemos eso) que lo que sigue es absolutamente verídico. Hace unos meses sorprendí en una sucursal de Bankia una charla entre dos empleados que, como es lógico, no tenían absolutamente nada que hacer.
Por lo que entendí, uno de ellos había telefoneado a su domicilio a un moroso y éste le habría contado las excusas habituales que ponen los que no devuelven los préstamos a los bancos: pérdida de trabajo, pérdida de salud, hijos hambrientos, amenazas de deshaucio… lo habitual. La otra (porque era otra) esperó a que acabara y luego, en un tono difícil de reproducir por escrito, le comentó al compañero que eso tenía que haberlo pensado, el cliente, antes de gastarse el dinero que el banco le había prestado; y siguió a lo suyo, que era no hacer nada.
Yo terminé la operación que estaba realizando en el cajero y cerré mis magras cuentas. Y no me limpié el polvo de los zapatos antes de salir porque la sucursal estaba limpia, la verdad.

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