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Archivar en la categoría “Sociedad”

Ingeniería financiera

Esto de Grecia y los bancos alemanes recuerda poderosamente a aquello tan conocido de los años del todo incluido. Sí, cuando un ecuatoriano bajito, que ganaba menos de mil euros al mes y pagaba cuatrocientos por la habitación del piso patera en el que vivía con su mujer y sus hijos, entraba en una oficina de CajaMadrid y le hacían una oferta irresistible: “Mire, si me trae usted las firmas de una hermana, dos cuñados, el vecino de enfrente y alguna otra que se le ocurra, usted sale de aquí con préstamos suficientes para comprarse un piso, cambiar de coche, llevar a la familia a Ecuador el verano que viene y tomarse unas cigalas con los amigos a su salud y la mía”. Y salía, el tío machote… con los bancarios muertos de risa y calculando su comisión…

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¡Gracias, tío!

 

Mientras llega el referéndum (del que ni se habla y al que ni se le espera…)

 

Mad in Madrid
Ill in Seville
Lonely in Barcelona
Then someone tells you
and you cheer

Hooray, hooray
The bullfighter dies
Hooray, hooray
The bullfighter dies
And nobody cries
Nobody cries
Because we all want the bull to survive

Gaga in Málaga
No mercy in Murcia
Mental in Valencia
Then someone tells you
and you cheer

Hooray, hooray
The bullfighter dies
Hooray, hooray
The bullfighter dies
And nobody cries
Nobody cries
Because we all want the bull to survive

Tercera República

La mejor prueba de que España es ya una república es que Urdangarín va camino de la cárcel y Alejandro Agag camino de una fiestuqui en casa de Amaya Salamanca.

Elogio de la Le Pen

Le Pen, el padre, fue el visionario que comprendió antes que nadie que un comunista de toda la vida -de los del L’Humanité cada día en la mesa del bar de extrarradio- sufría un cataclismo interior de magnitud hasta entonces desconocida por culpa de un hecho tan simple como encontrarse (en el ascensor del edificio de viviendas de protección oficial en el que todos se conocían y votaban a Marchais como un solo hombre) a una mora, una negra, una gitana, una lo que fuera que fuera distinta, con un morito, morenito o churumbel cogidito de la mano. Un encuentro que, lejos de parecerle entrañable (otro paria de la tierra arriba en la puerta de al lado, el sueño hecho realidad) le trastocaba la vida de tal manera que era capaz de dejar de votar al comunista de turno al que habían votado las cinco generaciones anteriores de la familia para darle el voto al primer indocumentado que les prometiera que cuando él -el indocumentado- gobernara los moros se volverían a sus cashbas, los negros a sus selvas y los gitanos a sus campamentos y no volverían ¡jamás! a perturbar la tranquilidad del buen padre de familia francés. El indocumentado, claro, se llamaba Le Pen y comenzó como alcalde de Marsella -la ciudad roja de Francia, durante décadas el crisol de culturas más deslumbrante de Europa- una carrera que llevó a incluir la palabra lepenismo en el catálogo de ideologías ascendentes en su país y, por extensión, en toda Europa.

Pues resulta que la Le Pen, la hija, ha declarado hoy mismo que si en Francia se planteara una ley del aborto como la que se ahora se plantea en España ella votaría en contra. La líder de la extrema derecha francesa tildando de extremista la ley concebida (¿lo cogen?) por el que se denominó a sí mismo como la gran esperanza liberal y varondandy de un partido rancio y con olor a sudado franquista, el que iba a ser capaz de derrotar al socialismo de un González que parecía capaz de eternizarse en el poder adelantándole nada menos que por la izquierda.

Mira por dónde, al final ha tenido que venir de Francia la muy hija de… Le Pen para poner en su sitio al joven que fue progre, otro hijo de tal que tras coquetear con el fascismo puro y duro en su primera juventud se inventó una imagen de joven moderno, culto e ilustrado (recuérdese lo que le gustaba fotografiarse al lado de Paloma O’Shea, la banquera que casi fue pianista). Al final lo conseguiste, tío: has hecho de Marie Le Pen, tú solo, la nueva Melina Mercouri, otra rubia interesante, también radical aunque de signo contrario y a la que me imagino que en Grecia deben estar últimamente echando mucho de menos.

Rencor

Viéndole la cara a Florentino Pérez no es difícil imaginarse lo que este hombre ha tenido que sufrir de niño, y lo dice alguien que pagó su facilidad para sacar buenas notas y unas increíbles dotes para todo tipo de deportes -excepto el balonmano- con unas ligeras orejitas “de soplillo” a las que se agarraron durante años (hasta que una foto de los Beatles con los pelos hasta los hombros, bien entrados los sesenta, acudió en mi salvación) los envidiosos que siempre abundan, y más aún en los colegios de curas.
Lo único peor que un rencoroso es un rencoroso podrido de pasta, aunque todo el mundo sepa de dónde, ¡y cómo!, la ha sacado. Floren es el ejemplo de libro: hubo tres jugadores -Özil, Casillas y Ramos- que contribuyeron en grado más a menos decisivo a la caída del su caprichito del alma, el amigo de Javier Marías, el portugués desatapasiones cuyo nombre me resisto a escribir para no ensuciar este virginal blog. Özil está en Londres, rodeado de mujeres de alto standing de mucha mayor calidad que la madrileñas y esperando a los cruces de la Champions, por lo de reír el último; Casillas, buscando equipo; y Ramos, en la puerta de salida. Así son los grandes hombres de un país cada día más asquerosamente insignificante.

Por una Navidad distinta

Esta navidad, ¡distínguete!: pasa de la Lotería. Es lo menos que se merecen…

(Nota: un país decente y respetuoso con la Cultura no debería permitir que artistas de la categoría de la Caballé se vean obligados al llegar a cierta edad a pasar estos sofocos para cubrir una necesidad tan básica como comer.)

Hijos de Kennedy

A mediados de los setenta, cuando Robert Patrick escribió Los hijos de Kennedy, su visión-recuerdo-reconsideración sobre los sesenta resultaba ser entre un homenaje y un ajuste de cuentas, entre tierna y lúcida, entre nostálgica y desencantada. Vista casi treinta años más tarde, con todo lo que desde entonces nos ha pasado y todo lo que sospechamos que aún nos queda por pasar, las preguntas se te agolpan hasta hacer ruido dentro de la cabeza: ¿fue buena aquella pérdida de ilusiones?, ¿no nos rendimos, quizás, demasiado pronto?

Gratis

Debió ser a principios de 1996 cuando un compañero de colegio -ingeniero o informático o las dos cosas, nunca me quedó muy claro- me habló de una palabra mágica que todavía circulaba casi en secreto en círculos de iniciados. Internet. Me explico lo que era, de dónde venía y, sobre todo, hasta donde podría llegar. Y debo reconocer que se quedó muy corto. Pero sí que recuerdo que en un momento de nuestra charla le pregunté:

– ¿Y tú crees que los americanos le van a regalar al mundo esta supuesta maravilla gratis total?

Ya se ve que no…

Una de Smiley

Imagino que en media hora a lo sumo algún periódico nos informará en exclusiva de que España también ha sido espiada por los servicios de inteligencia de Estados Unidos, Inglaterra, Francia y, probablemente, el principado de Andorra, No sé ustedes, pero yo, ni oyendo una y otra vez la narración en la SER del gol de Iniesta en formato politono consigo recuperar el orgullo de ser español, perdido allá en mi lejana adolescencia, cuando descubrí no sólo que no íbamos al mundial de Méjico sino que, además, mi padre había sido falangista.

Boyero

En uno esos encuentros digitales con los que lo periódicos distraen hoy en día a quienes visitan sus webs, hace poco, Carlos Boyero -el célebre crítico cinematográfico- comentaba su intención de dejar de acudir a algunos de los más prestigiosos festivales de cine (Venecia y Berlín, concretamente) razonándola del siguiente modo: “Me resulta pavoroso estar solo y sin hablar con nadie durante 12 o 13 días y tragándome una multitud de películas de las que solo me interesan unas cuantas. Pero pregunte a otros y le contarán que los festivales son los templos de la cultura cinematográfica, del arte y no sé cuántas tonterías más. Cada uno a lo suyo.”
En resumen: los “otros” sólo dicen “tonterías” y no como él, que debe ser un tipo muy listo, por lo que se ve. He compartido muchas opiniones de Boyero, sobre todo en temas cinematográficos, desde hace muchos años, pero jamás la manera chulesca y pontifical en que gusta expresarlas. Lo curioso es que ha terminado por convertirse -pese a ello o, me temo, precisamente por eso- en una especie de gurú global capaz de opinar sobre prácticamente cualquier tema de actualidad, sin excluir el fútbol o la gastronomía. Me resulta incomprensible, lo reconozco abiertamente, pero supongo que su éxito debe estar ligeramente emparentado con la existencia de programas de televisión como “Gandía Shore” o con que haya millones de personas que piensan que Cristiano Ronaldo es un tío majo.

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