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¡Que Dios no lo quiera!

No sé si conocen a un tal Merlos, probablemente la estrella emergente de nuestra derecha cañí, taurina y asilvestrada (la de de siempre, vamos), como demuestra su reciente fichaje por La Razón del entrañable Marhuenda, se supone que para sustituir a medio plazo a un Ussía que ya no da más de sí, convertido en un semiautista encerrado en sus eternos veraneos en San Sebastián. Lo conozcan o no, el Merlos ese, anoche, en el informativo de los obispos que inflama diariamente con entusiasmo digno de mejor causa, se la pasó repitiendo como un mantra la frase que encabeza este breve desahogo. ¿Que qué era lo que al apuesto joven -las postulantas del Opus Dei hacen cola en todos los corteingleses del mundo para que les firme cualquier cosa: un exabrupto, una braga de cintura alta, la estampita de San Josemaría- le llevaba a realizar repetidamente tan altas exclamaciones? Pues si lo entendí bien -y prometo por mi honor que estaba haciendo zapping en estado de completa sobriedad- lo que le preocupaba era que algún exaltado, Dios no lo quiera, llevado por una santa ira fácilmente comprensible, Dios no lo quiera, le descerrajara seis tiros, ocho si el arma lo permite, Dios no lo quiera, en su cansado cuerpo a esa mujer ya madura que, tras ser puesta en libertad por una decisión de la masonería internacional reunida en Estrasburgo, ha convertido a Bárcenas en apenas un par de días en un personaje de la historia del Medievo, lejano, difuminado por el paso de los siglos… Milagro que Mariano Rajoy y su escudera La Cospe deben estar agradeciendo con fervor al mismo Dios citado por el preocupado Merlos, o en su defecto a uno muy parecido.
No estoy muy al tanto de las leyes que se aplican hoy día en España, si es que se aplica alguna todavía. Pero supongo que la incitación al asesinato -por muy piadosa que sea la forma bajo la que se camufle-, y más si se produce en un medio de comunicación de concesión pública y financiado, además, por una confesión religiosa mantenida prácticamente en su totalidad por el Estado, merecerá si no una multa, que no está la Iglesia para dispendios, como repiten sus portavoces cada diez minutos, al menos una amonestación. Pues esperen sentados porque el ministro que debería decidirlo es ni más ni menos que el renacido Gallardón, el niño que fue progre y le gustaba la ópera. Y el que debería llevar ante el juez al infractor es, casualmente, un tal Fernández, el que no saca la mano del bolsillo del crucifijo ni aunque le vayan la fe y la vida en ello.
Así que, si se trata de lamentar los hechos, y hasta de reprender al pollopera por lo sucedido, ya solo nos quedan los obispos, los patrones del chaval con ambiciones. Los que nos venden, cada día, paz y amor, perdón y comprensión y luego van y sueltan, cada noche, al tal Merlos.

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